5.3.- TEORÍA MARXISTA DE LA CRISIS:
Precisamente porque la teoría del valor ataca directamente la disciplina de hierro del capitalismo, por eso, de un lado, fue ferozmente vituperada desde su misma enunciación y, de otro lado, es imprescindible para entender cualquier debate y cualquier práctica que pretenda superar el modo de producción capitalista. No es casualidad que cuando la burguesía quiere recuperar rápidamente su tasa de beneficios y salvar al sistema de una crisis más o menos peligrosa, recurre de un modo u otro a alguna de las variantes parciales de las dos grandes corrientes antagónicas al marxismo. Entramos así de lleno a la respuesta a la tercera pregunta: ¿existe una teoría marxista de la crisis? Desde luego, como hemos indicado varias veces, las serias dificultades económicas que tuvo Marx, las exigencias ineludibles y prioritarias de sus tareas militantes cotidianas, los obstáculos a la hora de acceder a datos fidedignos sobre los problemas que estudiaba, su propio rigor y meticulosidad investigadora, estas y otras razones explican el que haya dejado una especie de "teoría blanda" de las crisis capitalistas, aunque, como veremos, su núcleo básico estaba enunciado en dos grandes textos y en los demás abundan toda serie ideas importantes y sugerencias válidas sobre las dinámicas parciales que van generando subcrisis concretas que, según las circunstancias, van confluyendo hacia una gran crisis capitalista, que puede abrir la puerta al reino de la libertad o que puede hundir a la sociedad en lo más hondo de la injusticia burguesa. Estas ideas, más el desarrollo posterior del capitalismo y de sus contradicciones, han permitido a otros desarrollar un rico debate sobre las crisis (186).
Como una muestra tenemos la duda de si ¿existe el derrumbe capitalista?, planteada, a grandes rasgos (187), por R. Luxembur, Bujarin y Varga, y Grosmann, con diversos autores pululando alrededor suyo. Antes de responder y decir que es mejor hablar de crisis social, hay que precisar qué entendemos por derrumbe: "La utilización que aquí hacemos del término "derrumbe" se encuentra sustancialmente alejada de la acepción que el mismo presenta en las formulaciones catastrofistas de la crisis. Cuando hablamos de "derrumbe" de la acumulación no lo hacemos en un sentido último y definitivo, sino para referirnos, en línea con el sentido que Grosmann le dio al término, al momento en el que como consecuencia de la sobreacumulación de capital se paraliza y disloca el proceso de acumulación, y el curso de la economía se precipita hacia la crisis. Estos "derrumbes" periódicos de la acumulación forman parte de la lógica de la reproducción del capital y evidencian la tendencia secular de ésta hacia la sobreacumulación, asó como sus límites lógico.históricos, pero no implican en sí mismos, un "derrumbe" a plazo fijo del sistema" (188).
Para comprender más plenamente los periódicos derrumbes o crisis del capitalismo, hay que entender, en primer lugar, la dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, entre las fuerzas endógenas y las exógenas, o si se quiere, entre los factores objetivos y los subjetivos. En segundo lugar, hay que entender la ley del desarrollo desigual y combinado y, dentro de esta, la teoría de las ondas, fases o ciclos del sistema largas (189), a la que ya nos hemos referido anteriormente. En tercer lugar, hay que entender que hoy mismo, pese a la palabrería sobre la globalización, etc., sigue siendo válido lo dicho por E. Mandel: "la economía capitalista mundial es un sistema articulado de relaciones de producción capitalistas, semicapitalistas y precapitalistas, vinculadas entre sí por relaciones capitalistas de intercambio y dominadas por el mercado mundial capitalista" (190). En cuarto lugar, hay que introducir en ese complejo el impacto desestructurador de la catástrofe ecológica, o si se quiere, y para utilizar la tesis de O'Connor, la agudización de la "segunda contradicción" del capital, la que le enfrenta a la naturaleza, y que se ha enriquecido desde finales de los '80 hasta abarcar ahora una masa bibliográfica de imposible reseña aquí (191).
La dialéctica entre estos cuatro factores globales, que se deben subdividir en muchos subfactores particulares, de entre los que hay que destacar el contradictorio desarrollo tecnocientífico, es la que hace que sea mucho más correcto hablar de teoría de las crisis sociales, y no solamente de teoría del derrumbe porque, a nuestro entender, se hace más insistencia en la importancia de la praxis revolucionaria. De todos modos, ni una ni otra dan pie al mecanicismo y al determinismo histórico condenado al ineluctable progreso ascendente, y se mantienen fieles a la concepción estratégica que Marx enunció en una fecha tan temprana como la de 1844: "Otro tanto ocurre con el "progreso". Pese a las pretensiones "del progreso", se aprecian constantes 'regresiones y movimientos en círculo'. La crítica absoluta, muy lejos de vislumbrar que la categoría "del progreso" es totalmente carente de contenido y abstracta, hace tal alarde de ingenio, por el contrario, que reconoce "al progreso" como absoluto para poder suponer, como explicación de la regresión, un "antagonista personal" del progreso, 'la masa'. (...) Todos los escritores comunistas y socialistas han partido de la observación de que, por una parte, incluso los hechos más brillantes y favorables parecen quedar sin resultados brillantes y desembocar en trivialidades, y por la otra, de que 'todos los progresos del espíritu' han sido, hasta el presente, 'progresos contra la masa de la humanidad', a la que han empujado a una situación cada vez más 'deshumanizada'" (192). Luego, en el Manifiesto Comunista insistía en que, en un momento preciso, la sociedad puede precipitarse al desastre: "opresores y oprimidos siempre estuvieron opuestos entre sí, librando una lucha ininterrumpida, ora oculta, ora desembozada, una lucha que en todos los casos concluyó con una transición revolucionaria de toda la sociedad o con la destrucción de las clases beligerantes" (193). Después esta constatación reapareció varias veces en las obras de Marx y Engels, y fue elevada al rango teórico por Rosa Luxemburg cuando creó el lema de "socialismo o barbarie", y posteriormente, a raíz de los debates desde mediados de los '60 del siglo XX sobre el futuro capitalista, la realidad de la URSS, el agravamiento de la catástrofe ecológica, el debate sobre el exterminismo al que antes hemos aludido, etc., se generalizó el lema "comunismo o caos".
Regresiones, movimientos en círculo, progresos contra la masa de la humanidad, trivialidades, destrucción de las clases en lucha, barbarie, caos..., posibilidades que sólo se entienden desde la concepción materialista de la historia y desde la teoría de los modos de producción. Por poner un ejemplo y ya que hemos hablado de fascismo, la barbarie fascista, la destrucción implacable de las fuerzas revolucionarias, democráticas y progresistas, etc., fue resultado de una crisis social irresuelta por la derrota anterior del movimiento obrero revolucionario internacional y, a la vez, por la incapacidad de sus organizaciones para combatir el ascenso de la irracionalidad autoritaria, genocida, racista y patriarcal de la estructura psíquica de masas, a la escena pública. El que en esta segunda cuestión sí existiera una previsión teórico-política que advertía de la realidad innegablemete objetiva de la subjetividad humana, de la psicología profunda con sus miedos y terrores inconscientes, y de sus efectos sociales prácticos y materiales (194), y que fuera despreciada por las izquierdas, este cúmulo de factores sólo se entiende si comprendemos el papel crucial de la subjetividad humana organizada antes y durante las crisis sociales. Pero esa acción está siempre dentro de unas estructuras determinantes que son las que impiden que la destrucción mutua, la barbarie o el caos degeneren hacia una forma social abstracta, ni capitalista ni tributaria o feudal -sin entrar al debate sobre los modos históricos realmente existentes (195)- por no hablar de "neofeudalismo" o de "fascismo democrático".
Porque entre los varios objetivos del fascismo uno de ellos jugaba el papel cohesionador y cimentador invisible pero vital: el de recuperar los beneficios de la clase dominante. No se entiende nada de la historia fascista, y de la capitalista en general de la que el fascismo es únicamente un capítulo sangriento y brutal, pero capítulo, sin ese objetivo prioritario. Estas reacciones feroces del capital, las destrucciones masivas que generan, las derrotas en el movimiento obrero organizado y en general en la clase trabajadora en su conjunto, las presiones sobre otras burguesías según los casos, inciden masiva e inmediatamente en revertir la caída de la tasa de beneficio iniciando su recuperación. También lo hacen, pero a menor escala y más despacio, las permanentes decisiones de todo tipo que impone el Estado o las organizaciones burguesas privadas y la banca. Es así como se comprende que: "La caída de la tasa de beneficios no se desarrolla en términos lineales y constantes. La tasa de ganancias desciende gradualmente en los períodos de acumulación acelerada; se hunde repentinamente con los desencadenamientos de la crisis; se recupera sustancialmente una vez que culmina la destrucción de capitales, y se relanza el ritmo de acumulación; a partir de esta fase del ciclo, la tasa de ganancia reinicia su descenso gradual, hasta que, una vez más, no puede ser contrarrestada por medio de la elevación de la tasa de acumulación" (196).
Llegamos así al punto crucial de la problemática de las crisis sociales, cuando se agudizan los problemas y los bandos en luchan pasan de aplicar las armas de la crítica a aplicar la crítica de las armas. Pero antes de eso, se han ido acumulando los síntomas, los datos cada vez más serios y alarmantes que indican que los procesos de acumulación y valoración se resienten pese a todas las medidas tomadas o impuestas para detener y revertir esa caída. Estamos hablando de la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia ya descubierta por los economistas clásicos burgueses, especialmente estudiada por D. Ricardo (197), pero abandonada después por la "ciencia económica" por su inquietante contenido. Hay que advertir que Marx no entiende por "ley" lo mismo que la ciencia natural, sino que advierte que: "En toda la producción capitalista ocurre lo mismo: la ley general sólo se impone como una tendencia predominante de un modo muy complicado y aproximativo, como una media jamás susceptible de ser fijada entre perpetuas fluctuaciones" (198).
Pues bien, esa naturaleza tendencial se agudiza en las "leyes" fundamentales del capitalismo, en las que la intervención humana en general y en concreto la lucha de clases la acelera, estanca o hacer retroceder. Cada capitalista, obligado por la resistencia de los trabajadores, la competencia de otros capitalistas y el permanente desarrollo tecnológico en general, ha de sustituir trabajadores por máquinas o ha de aumentar la productividad de las máquinas manteniendo a los mismos trabajadores. Esa necesidad de supervivencia le obliga a aumentar más el capital constante, el inmovilizado en máquinas, instalaciones, etc., y el dedicado a pagar materias primas, recursos energéticos, etc.; y a la vez a reducir el capital variable, el dedicado a los sueldos, bien de forma absoluta bien de forma relativa, según los casos, pero debe reducirlo. Por eso crece la composición orgánica de capital, es decir, el total del capital inmovilizado de algún modo. Y como resulta que sólo el capital variable lleva a la producción de plusvalor , y este capital tiende a disminuir en relación al capital constante, que no lleva a la producción de plusvalor, por eso mismo, tiende a descender la cuota de ganancia que el capitalista obtiene al transformar el plusvalor en plusvalía.
Las distintas escuelas burguesas de "ciencia económica" usan diverso conceptos y términos para describir la "diminución de la rentabilidad", evitando así coincidir con Marx y a la vez hablar de explotación. Dan también diversos nombres a las medidas que sirven para contrarrestar esa caída tendencial y que Marx enumeró en este orden: aumento del grado de explotación del trabajo; reducción del salario por debajo de su valor; abaratamiento de los elementos que forman el capital constante; superpoblación relativa; comercio exterior y aumento del capital-acciones (199). Un estudio de las condiciones necesarias para la aplicación práctica de estas medidas contratendeciales nos demuestra de inmediato, además de otras cosas como son la necesidad de que la burguesía como clase disponga de sus propias organizaciones, también la decisiva importancia del Estado como centralizador estratégico sin el cual esas medidas tendrían muchas dificultades para ser aplicadas. Esta constatación nos lleva a un debate central en la teoría marxista de la crisis, cual es el de si ésta es sólo producto de las contradicciones endógenas del capitalismo, por ejemplo, las que existen entre la tendencia a la superproducción de bienes y sobreacumulación de capitales, por un lado, y por otro la tendencia al subconsumo de bienes y frenos a la inversión en bienes de producción. Esta contradicción que aparece expuesta directamente por Marx en El Capital (200), o también producto de otra contradicción que Marx ya analizó en profundidad pero no expuso en El Capital sino en otra obra, en los famosos Grundrisse (201), imprescindibles para saber cómo trabajaba Marx en su "cocina teórica".
Los Grundrisse se escribieron antes que El Capital y su autor redactó la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia consciente de que los dejaba sin publicar en los cajones repletos de miles de folios manuscritos. ¿Qué dice Marx en esta obra de muy tardía y de muy limitada circulación, desconocida prácticamente hasta finales de los años sesenta del siglo XX, es decir, más de cien años después de su redacción? De entrada, ya anuncia la ley de la caída tendencial, y sostiene que el capitalismo se corroe a sí mismo. R. Rosdolsky, autor de la mejor investigación sobre estos densos y duros manuscritos, lo afirma tajantemente (202). Pero también, entre las muchas cosas que Marx dice, como la de que la crisis es una desvaloración o destrucción general de capital (203), con las implicaciones que ello supone para su esquema de la lucha de clases como, simultáneamente, causa-efecto y efecto-causa de la crisis, debemos destacar ahora mismo su definición de capital como "trabajo objetivado como dominio o poder sobre el trabajo vivo" (204), es decir, el capital como poder que ha subsumido realmente que sólo en la forma e integrado y desintregrado simultáneamente al trabajo vivo. De aquí surgen tremendas consecuencias políticas de absorción que se plasman, entre otras cosas, en el poder alienador y enajenador inherente al capitalismo. De esta forma, la teoría de la crisis se imbrica directamente en el núcleo del desenvolvimiento del capital.
Es obvio que, ya en este nivel, Marx insiste en la dialéctica de la enajenación que : "contiene en sí, aun cuando de forma invertida, apoyada sobre la cabeza, la disolución de todos los presupuestos limitados de la producción y, más bie, produce y crea los presupuestos no condicionados de la producción y, por ello, las condiciones materiales plenas para el desarrollo universal, total, de las fuerzas productivas de los individuos" (205). Pero estas ideas básicas, que nos remiten a la importancia clave de la conciencia desalienada para entender la teoría de la crisis, se desarrollan aún más hasta llegar más adelante a dos criterios decisivos que luego analizaremos: el carácter histórico transitorio de la ley del valor-trabajo y la importancia clave de la maquinaria y en concreto del aumento del capital constante y del descenso del capital variable -vuelve así la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio- para el futuro del modo de producción capitalista, que no sólo de sociedades capitalistas concretas.
Pero antes nos interesa leer lo que nos dice U. Cerroni sobre los objetivos diferentes que buscaba su autor al escribir los Grundrisse y El Capital. Se trata de un tema importante para la teoría de la crisis del capitalismo porque Marx , al extenderse en sus manuscritos en exploraciones teóricas libres, sin la autocensura de rigor máximo que se imponía en las obras destinadas a ser publicadas, desarrolla en los Grundrisse todas las potencialidades expansivas del capitalismo tal cual él ya comprendía teóricamente de manera bruta y poco refinada al carecer de la suficiente contratación empírica. De este modo, pudo en sus manuscritos adelantarse mucho a su época y plantear cuestiones básicas del modo de producción capitalista que sólo se desarrollarían con el tiempo, incluso con casi un siglo de retraso. Según Cerroni, aunque no solamente él, en esos manuscritos Marx se explayó en el capitalismo maduro: "donde el mecanismo de valoración es esencialmente la percepción de la plusvalía relativa y en el que, por tanto, aparece en primer plano la posibilidad de un desarrollo productivo del capitalismo y de un incremento de la productividad del trabajo" (206). En la época en que escribía estos manuscritos no existían los datos suficientes para confirmar plenamente esa tendencia que, sin embargo, ya estaba operando lenta pero crecientemente en el interior del sistema. Es desde esta perspectiva de enriquecimiento y ampliación de su teoría, ya asentada en bastantes aspectos esenciales a mediados del siglo XIX, como se comprende que en lo concerniente a la ejemplificación práctica de su teoría de la crisis, Marx pudiera avanzar de manera impresionante en cuestiones decisivas como la composición de clases en el capitalismo maduro que se avecinaba, la importancia clave del desarrollo de las contradicciones sociales en el imperio zarista, etc., aportaciones éstas deliberadamente silenciadas por la dogmática reformista y la censura burguesa (207).
Desde esta perspectiva, por tanto, la teoría marxista de la crisis, tal cual se va enriqueciendo a lo largo de los ensangrentados conflictos sociales, crisis socioeconómicas y políticas, integra varios factores que interactúan de formas específicas según las características de la formación económico-social en la que esa crisis se agudiza, pero, siempre, esa interacción mantiene una relación genético-estructural con la esencia del modo de producción capitalista. Impelido por la caída tendencial de la tasa de beneficio, por los problemas sociales que eso genera, por el carácter acumulativo de los desequilibrios que esa caída provoca y por los efectos destructores de trabajo vivo que tiene la innovación tecnológica, además de otras cuestiones como la multiplicación de los gastos debido a la catástrofe ecológica planetaria, por todo ello, el capitalismo tiende a agotar su propia capacidad de crecimiento, de acumulación y valoración, porque a diferencia cualitativa de todos los modos de producción anteriores al capitalista, éste debe acumular permanentemente, no puede estancarse, no puede detenerse un segundo porque ese segundo de estancamiento es en sí mismo, por la irracionalidad global del sistema, el primer segundo de su descenso al infierno de la desacumulación. Es por esta dinámica contradictoria consigo misma y siempre activa, por lo que las tres posturas post-marxianas sobre el derrumbe -la luxemburguista, la de Bujarin y Eugen Varga y la de Grosmann- coinciden con la apreciación de Marx de que el capital, al desarrollar ciegamente el trabajo muerto y expulsando al trabajo vivo, está matando su futuro porque ¿cómo podrán las masas depauperadas activar la economía capitalista con sus gastos y sus compras si su poder adquisitivo disminuye por el paro estructural creciente? Antes de analizar la respuesta parcialmente válida que encuentra la burguesía, veamos el encadenamiento de los factores genético-estructurales.
E. Mandel lo resume así: "la extensión de la automatización más allá de un dintel determinado lleva, primero, a una reducción global del valor producido, y luego a una reducción del volumen global del plusvalor producido. Eso a su vez desencadena una "crisis de derrumbe" cuádruple combinada;: una enorme crisis de baja de tasa de ganancia; una enorme crisis de realización (el aumento de la productividad del trabajo que implica el robotismo expande la masa de valores de uso producidos en proporción aún mayor que la proporción en que reduce los salarios reales, y una creciente parte de esos valores de uso queda invendible); una enorme crisis social; y una enorme crisis de "reconversión" (o dicho de otro modo, de la capacidad del capitalismo para adaptar) a través de la desvalorización, las formas específicas de destrucción que amenazan no sólo la supervivencia de la civilización humana sino hasta la supervivencia física de la humanidad o de la vida en el planeta" (208).
Cuando la sociedad llega a una crisis así se asiste a una polarización de antagonismos durante la cual es decisiva la autoorganización de la conciencia de las masas pues el capital ya dispone de sus instrumentos de poder. En estos momentos cruciales y decisivos para el futuro humano, relativamente escasos pero más abundantes de lo que admite la historiografía burguesa, las medidas que el capital toma para detener la caída de la tasa de beneficio, antes vistas, pretenden operar a un nivel superior, más duro e implacable. Pero su efectividad e incluso su puesta en marcha depende más que en una situación normal de la fuerza de la lucha de clases y del nivel de debilidad y desorganización del Estado. Ahora bien, si por razones que no vienen a cuento ahora, el capital logra la colaboración del reformismo político-sindical, una situación mundial favorable y una debilidad de las fuerzas revolucionarias, entones puede imponer brutales medidas de incremento de la explotación relativa y absoluta, de reducción drástica del salario directo, social e indirecto, de privatización de ramas enteras antes públicas o nacionalizadas, de imposición de nuevas disciplinas laborales, de aumento del paro y de la precarización, de aumento de la sobreexpltación imperialista, etc., etc., de modo que, junto a la propia depuración de empresas obsoletas y centralización y concentración de capitales, juntas todas estas condiciones, el capitalismo puede comenzar otra fase u onda expansiva. Lo ha logrado sin recurrir a la guerra mundial, pero es muy probable que haye recurrido a guerras locales y, desde luego, a una devastadora guerra social.
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(190) Ernest Mandel: "El capitalismo tardío", ops, cit, pág 49.
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(192) K. Marx: "La Sagrada Familia", en OME, Tomo 6, pág , 94. Edit. Crítica, Barcelona 1978.
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(197) David Ricardo: "Principios de economía política y tributación", Edit. Orbis, Barcelona 1985, 2 Volúmenes. Para un conocimiento exhaustivo de la crítica de Marx a Ricardo: "Historia crítica de la teoría de la plusvalía", ops, cita, Vol. I, pgs, 227-566, y Vol II págs 9-93.
(198) K. Marx: "El Capital", FCE, México 1973, Vol. III, pág. 167.
(199) K. Marx: "El Capital", ops, cit, págs 232-239.
(200) K. Marx: "El Capital", ops, cit. Págs 240-263.
(201) K. Marx: "Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1857-1858". Siglo XXI, Madrid 1972. 3 volúmenes.
(202) Roman Rosdolsky: "Génesis y estructura de El Capital de Marx", Siglo XXI, México 1978, págs 416-423.
(203) K. Marx: "Elementos fundamentales para la crítica...", Volumen I, ops. Cit, pág. 406.
(204) K. Marx: "Elementos fundamentales para la crítica...", Volumen I, ops, cit, pág. 414.
(205) K. Marx: "Elementos fundamentales para la crítica...", Volumen I, ops, cit, pág.479.
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